martes, julio 04, 2017

NEVER ENDING ROLLING THUNDER MINDFUCK SERIES (3)

(Disclaimer: Serie de reseñas diarias de viejos discos escogidos aleatoriamente de la colección del autor. Escritas como ejercicio mañanero de reconexión neuronal, lo constatado en ellas es con toda seguridad una deformación de la realidad, si tal cosa existe. Reclamaciones al maestro armero).



Reznik – “El Mal” (Alone Records, 2009)

A mí me gustaban Reznik, así que me dio pena  que su disco “El Mal” se (me) quedara tan cortito, tan soso, tan de una escucha y al cajón. Para cuando lo grabaron, en los estudios Brazil, llevaban casi cuatro años rodando y habían pasado por varios cambios de formación hasta terminar siendo un duo instrumental de guitarra (Diana) y batería (Lolo). En ese lapso habían tocado intensivamente, al menos en Madrid. De hecho estaban por todas partes si vivías cerca de ese underground capitalino de garitos pequeños, siempre tan efervescente, tan interesante y tan cutremente snob.

Estaban hasta en la sopa, sí, pero caían bien y no saturaban. En el escenario quedaba claro que no eran muy técnicos pero sí muy eficaces en lo suyo, en su idea: sabían usar una sobriedad gélida, encarnada principalmente en Diana, que siempre tuvo algo magnético. Eran un ejemplo del famoso menos es más que, sin tirar de espaldas, acababa por funcionar: su minimalismo naturista tenía un halo extraño, y esa cosa congelada de lo post Joy Division que siempre concede cierta atemporalidad muy útil para sobrevivir intacto al paso de los años.

Así las cosas, reconozco que esperaba que el disco fuese un paso hacia algo más allá y que me dejó perfectamente frío en el mal sentido. No creo, en realidad, que pase de ser otra maqueta, más larga y mejor empaquetada, si se quiere. El resultado es simple y monocromo, y hasta ahí todo bien, porque se entiende que esa era la idea, pero fracasa al intentar conjurar esa tensión que sí encontraban a menudo en el escenario. No me pregunten por qué fracasa, exactamente. Igual es que la imagen sí cuenta y, a solas música y oyente, algo se fractura y renguea. O puede ser que la primera vez en estudio les quedase grande, como nos ha pasado a casi todos. El resultado final ni siquiera es el aburrimiento, sino una especie de deslizamiento de la música a un segundo plano donde el mismo juicio se disuelve. Está, pero no está. Está, pero no importa. Es uno de esos discos que parecen irse por la rendija de la puerta a la habitación de al lado, por no molestar: tenía que haber sido un ejercicio de hipnotismo amateur y acabo saliendo niño tímido.

Eso sí, tienen uno de los mejores títulos madrileños de la historia: “El Goloso en llamas”. Fuera de ese hallazgo, muy poco que rascar. Si les hubiese salido bien; si hubiesen grabado el disco que yo creo que sí podrían haber llegado a hacer, podríamos hablar ahora –de nuevo- de Joy Division; y de un toque infantil/dadá en los cambios de ritmo  y las melodías de guitarra que parecería heredado de Wire; y de la influencia del black metal y del crust y el punk que lo parieron, evidente en las baterías; y de cómo estas se integraban de modo fluido en un discurso muy distinto. Incluso podríamos preguntarnos de dónde procedía toda aquella oscuridad juguetona, aquella pose de pantano gélido: si de las nieblas guturales del norte, de Tim Burton, del gótico inglés o directamente de la puta Madrid, que bastante oscura es cuando quiere. Pero ante un disco tan plano sería pura retórica vacía.

Quizá Reznik nos deban ese disco, el bueno. El que merecían y merecíamos.Mientras, en la página de Alone, donde los comparan con los Melvins, aún se puede adquirir "El Mal". Por un pavo y medio tampoco es tan mala compra.

Recuerdo que los entrevisté en el Rock Palace para el segundo número en papel de Kaput (mayo/junio de 2006; quienes tengáis semejante reliquia podéis consultarla). Por entonces aún estaba en la banda Laura, encargada del bajo. Fue una entrevista breve, algo perpleja por su parte, en la que tuve la impresión permanente de que ambas, Diana y Laura, se preguntaban a santo de qué quería aquel barbas entrevistarlas. Extraigo una respuesta a modo de botón generacional: “Las canciones siguen teniendo una especie de letras que incluimos en los libretos, como pequeñas explicaciones de los temas. Van sobre marcianos, sobre corazones negros, bodas que acaban con muertes… marcianadas. Y sí, intentamos transmitir una serie de ideas narrativas con la música. Pensamos: ‘Esta parte es cuando la novia se muere…’. Pero sobre todo marcianitos y oscuridades”.

Después citaban una serie de bandas de la época que les gustaban: Moho, Rip Kc, Peluze, The Joe K-Plan, Quid Rides, Psicotropia… Tirando de ese hilo se podría hacer un pequeño fresco de la música madrileña oculta con pretensiones, pewro cada cual tendría que añadir a sus propias ovejas descarriadas. En ese mundillo Reznik fueron bien tratados. Otras bandas de igual valía, sin embargo, no lo fueron tanto, y se me ocurre, sin ir muy lejos, La Familia Atávica, donde Lolo hizo baterías también, durante un tiempo. Ni mejores ni peores, igualmente mezclados con la pandi, igualmente novatos, descuadrados y raritos, aunque en línea muy distinta, a la familia no le hizo casi ni el tato. Podrían ponerse otros muchos ejemplos de “éxito” y de “fracaso” subterráneo que demostrarían que en ese ámbito, como en todos, no siempre es el bueno el que gana. ¿Qué elementos concedían por aquel entonces el beneplácito de la afición en un mundillo tan pequeñito y tan hiperconsciente como aquel? Aún a día de hoy me cuesta definirlo, y quizá sea carne de otro artículo. 

Diana sigue en activo, si no me equivoco con Desguaces Beni y con Hermanos Peláez. A Laura y a Lolo les perdí la pista hace mucho, en aquel mismo Madrid, futil y milagroso que ya se me va difuminando en la memoria.

sábado, julio 01, 2017

NEVER ENDING ROLLING THUNDER MINDFUCK SERIES (2)

(Disclaimer: Serie de reseñas diarias de viejos discos escogidos aleatoriamente de la colección del autor. Escritas como ejercicio mañanero de reconexión neuronal, lo constatado en ellas es con toda seguridad una deformación de la realidad, si tal cosa existe. Reclamaciones al maestro armero).




Wooden Wand – Death Seat (Young God Records, 2010)

Afirmaba un colega el otro día que las reseñas no deberían nunca decir si un disco es bueno o malo, sino simplemente describir aquello que contiene, y que no le parecían de recibo aquellas que indicaban que un disco era “una mierda”. Yo no puedo estar más en desacuerdo con él. Dentro de las permanentes guerras de taifas que van constituyendo los gustos y contragustos de una época. Dentro de esa eterna y necesaria corriente del hombre juzgándose a sí mismo a través de la historia (porque sobre nada hay tanto pensado y escrito como sobre el gusto), ningún momento me parece más peligroso que ese de falsa paz en el que la crítica se pliega finalmente al panegírico indiscriminado, a la palmada en el hombro, a la cadena de favores y a la gentileza general, babosa y gratuita, olvidándose de hacer honor a su nombre: crítica.

Por otro lado, y ya viéndolo de modo perfectamente pragmático, si yo te advierto que un disco es una mierda, tú puedes muy bien terminar pensando lo contrario, que para eso eres tú y no yo, pero quizá te acerques al artefacto con una cierta precaución que te evite irte a casa con un mamotreto indescifrable, un condón usado a precio de nuevo o una castaña pilonga. Así que ahí va: este disco es una mierda, y hubiese agradecido que me lo advirtiese algún malvado crítico. Este disco no vale pa ná, pese a lo impecable de su sonido y de su envase, y pese a venir avalado por un sello, Young God Records, que por aquel entonces había sacado un buen puñado de joyas, desde los soberbios trabajos de Angels of Light hasta los discos maestros de Devendrá Banhart (los tres iniciales) pasando por los apreciables primeros pasitos de Akron/Family.

James Jackson Toth, alma de la cosa (por decir algo), parece aquí, de hecho, intentar acercarse por momentos a esos nombres: más de la mitad de las canciones se asemejan a un esfuerzo por asaltar la corona de esa americana mutada que algunos dieron en llamar weird folk; pero es un asalto tan desvaído que nadie en sus cabales podría tomarlo en serio. En el resto del trabajo, como confundido por su propia falta de empuje, parece virar hasta convertirse en un trasunto pobretón de Nick Cave,  y por último, desanimado, suponemos, se refugia en una serie de apuntes que señalan ora al Dylan pastoral, ora la tradición trotamundos, quedando en el primer caso a unos cuantos años luz y fallando en el segundo por puro aburrimiento. Un juglar no puede permitirse aburrir a nadie.

Las razones de la debacle, hay que decirlo, son bastante simples. La esencial, que las canciones son mediocres, y que cuando te mides con primeros espadas lo mínimo que tienes que traer de casa es eso: canciones que amparen tu ambición, buenos cuentos, historias que la gente quiera oír una y otra vez, ganchos melódicos o narrativos, a ser posible de los dos. Actitud. Ganas. Sangre. Médula, en suma.

Revisándolo siete años después a la espera de haberme equivocado en su momento, apenas encuentro en este Death Seat dos o tres momentos en los que un tema parece cercano al despegue. En “The Mountain” lo roza por un momento, a caballo de esa frase bien cierta sobre la vida en el aislamiento campestre: “Tienes que acostumbrarte al silencio / porque nadie viene por aquí / pero ves más desde la montaña / que desde el puro suelo”. Sin embargo la vía desemboca en un estribillo fallido y perfectamente romo. Vuelve a acercarse en el tema que da título, pero, como un novato superado por la oportunidad, duda, no define, y su misma vaguedad se lo lleva río abajo. En un minuto ya no se le ve ni la cabeza.

Y así, como un río, es todo el resto del disco. Pero un río terroso, feo, ramplón e indeciso. Quiere ser el Mississipi y se queda en un afluente cualquiera de margenes ya deforestadas. En la pasable “Servant to Blues” falla al agarrarse torticeramente a Banhart y a Cave. Con la americana costumbrista y pacatamente oscura de “Bobby” hace que uno desee ponerse de inmediato algo verdaderamente glorioso de esa línea; Tonight at the Arizona de los Felice Brothers, digamos. Para cuando vas a mitad de ese tema, y es sólo el cuarto, el disco ya se está haciendo más largo que un día sin pan. Y de ahí va a peor. “I Wanna Make a Difference” es directamente mala de cojones, una tonadilla insulsa y cursi. “Ms Mowse”, un impersonator de Nick Cave intentando recuperar el pulso de su propio cadáver con aceptable oficio pero sin talento alguno. “Until Wrong Looks Right”, un indeciso paso zombi hacia Dylan. El resto, cajón de apuntes que pasa gaznate abajo con la pesadez que concede la falta de hallazgos. Un tema como “I Made You”, por ejemplo, define bien a todo el trabajo: su posible tremendismo útil se queda a medio movimiento, como un gesto congelado por la absoluta falta de imaginación compositiva y por una sorprendente incapacidad para crear atmósfera. Y un disco de este pelaje sin atmósfera no es ni medio disco. Digo sorprendente porque el equipo que apoyaba (Gira produciendo, gente de Lambchop, Grasshopper de Mercury Rev, Siobhan Duffy…) era de los que saben, normalmente, cómo conceder ese halo y ese espacio indispensables para que una buena colección de temas se puedan desarrollar.


Si consideramos que la originalidad dentro de una tradición es la capacidad para usar la fórmula y trascenderla, entrando así en territorio mixto, al tiempo eterno y propio, este disco fracasa con todo el equipo, despeñándose ladera abajo con ruido opaco de artilugios, pretensiones y cansancio. En la historia de la indecisión estilística y la falta de punzada emocional, en definitiva, tendrá su lugarcito de honor. Para todo lo demás, el negro ciego de la esquina, o el hipstercillo valiente de la otra, se lo harán mucho mejor, señor, señora. Seguro, se lo digo yo.

Por FGL

viernes, junio 30, 2017

NEVER ENDING ROLLING THUNDER MINDFUCK SERIES (1)


(Disclaimer: Serie de reseñas diarias de viejos discos escogidos aleatoriamente de la colección del autor. Escritas como ejercicio mañanero de reconexión neuronal, lo constatado en ellas es con toda seguridad una deformación de la realidad, si tal cosa existe. Reclamaciones al maestro armero).




CLOROX GIRLS – “This Dimension” (SmartGuy Records, 2005)

Recuerdo ver a los Clorox Girls en directo en Madrid, en la época en la que la mitad de mi generación aún tenía un fanzine. Fue en el Siroco y antes del bolo los entrevisté para el mío, Kaput (cuando aún salía en papel, bonita época la edad de piedra). El concierto estaba medio lleno y fue la típica fiesta algo forzada de ruido, desbarre y agresión pop. Producido y masterizado por Kurt Bloch en 2005 y con un artwork bastante horrendo, el disco viene a ser lo mismo que aquella noche pero sin la gracia o desgracia del directo: uno de esos ejercicios para supuestos punks a los que les cuesta confesar que lo que les mola en realidad es esa entelequia llamada Power Pop (Acepten ustedes a Graham Parker y a Joe Jackson de una vez, coño. O a Paul Collins. O vayan  directamente a los Exploding Hearts, o a los Eddy Current Supression Ring, yo qué sé).

Empiezan despachando ramoneo abrasado y melódico, bastante paladeable, y entran bien si vas en carretera, pero a mitad de metraje –y no es que sea un doble conceptual, precisamente- se hacen reiterativos y uno se va a la nevera a por unas cervezas y se olvida del tema. Usan bien sus dos trucos y medio, es cierto, y tienen una crudeza sanota y playera, pero, en definitiva, están a muchos kilómetros de sus referentes. Como recuerdo de una noche de farra, valen. Como single de cuatro canciones, también. Más allá de eso nadie los va a recordar. O al menos yo no.

Lo que sí recuerdo, en cambio, es que mientras les entrevistaba me llamó la atención la disparidad de visiones de los miembros y, simpáticos como eran, la muy diferente impresión que me provocaron. El bajista, Colin Grigson, era claramente un hardcoreta más o menos concienciado probablemente adicto a la cafeína (All, Descendents & Co.), quizá algo incómodo por ser hasta cierto punto un secundario en la banda. El cantante, guitarra y compositor de casi todo, Justin Maurer, en cambio, parecía un chulopiscinas de L.A. que matase el tiempo concedido bebiendo birras y metiendo bulla antes de acabar trabajando en la empresa de papá y ganando una pasta. El batería era batería y no participó apenas en la conversación: aunque teóricamente estaba allí, era probablemente un holograma. Por supuesto, esto son impresiones a vuelapluma perfectamente gratuitas y extraídas con fórceps de mi dañada y prejuiciosa memoria, así que puede que todo fuese exactamente al revés.

Por alguna razón que no recuerdo, tengo dos copias en CD del artefacto. Al primero que me lo pida se lo mando gratis: como dije no son nada memorable, pero pasan haciendo surf hacia el trastero con cierta gracia y sin dolor.

By FGL


miércoles, mayo 17, 2017

POWER – “Electric Glitter Boogie” (In the Red)

El primer largo de Power es una descacharrante pelea de bar en formato vinilo que vale su peso en droga. Lo normal sería dedicarse sin más a cantar sus virtudes, pero añadiremos alguna reflexión de regalo, para molestar, más que nada.

Forjado en hueso Punk&Roll y tan embrutecido, animal y cervecero como no se había escuchado en esta casa desde los buenos tiempos de los Cosmic Psychos, “Electric Glitter Boogie” es uno de esos artefactos que uno ya no espera de las nuevas generaciones pero que siguen apareciendo de cuando en cuando, y con más frecuencia, parece, en esa Australia donde se ha facturado gran parte del mejor rock de guitarras de los últimos 30 años.

Más brutos que un arado y captados en el cenit de su suburbana potencia, el trío difícilmente ganara ningún premio a la originalidad, el detalle o la profundidad de campo; ahora bien, para el galardón al disco navajero del año han comprado por lo menos la mitad de los boletos. De ambas cosas tiene la culpa en gran parte la herencia, en este caso los citados Psychos, los Stooges (ejecutados sumariamente en el garaje del abuelo con más nervio que técnica), toda la punkarrada high-energy (temazos como “Puppy” o “Gimme Head” me recuerdan a los Celibate Rifles del Roman Beach Party previa lobotomía y amputación de una guitarra) o unos Federation X a los que prácticamente plagian en “Serpent City” aunque compensado la querencia de los americanos por Black Sabbath con fijes intravenosos de Ac Dc y Kiss. Son, en el fondo, como unos Onyas que hubiesen optado por el medio tiempo frente a la velocidad terminal, igualmente derivativos, grasientos y certeros.

Y se han ganado a pulso las birras y el espiz, eso fijo, porque el resultado es sorprendentemente redondo. En parte, por el salvajismo, perfectamente creíble, con el que despachan sus ocho cartuchazos. Y en parte porque, yendo en trío y sin doblar guitarras, saben clavarte el riff en el cráneo a la primera vuelta para que cuando derivan en alguno de sus infrasolos de patio de colegio la cosa no decaiga. Ventajas, claro de que tales riffs sean medio prestados, pero ¿cuál no lo es?

Al cabo, todos los ecupitajos en forma de canción citados son ejemplos pluscuamperfectos de cómo encarar la vieja tradición de romperlo todo y de cómo convertir semejante acto de negación en música poderosa. Punk, le llaman. O instinto animal. Mención aparte para “Slimy’s Chains”, especie de boggie en cuatro por cuatro con extra de groove malencarado, donde, hacia mitad de tema, asoman una patita los Thin Lizzy. Eso me hace pensar que quizá haya sido suerte, al fin, que tengan una sola guitarra y un nivel instrumental limitado: eso les negará la posibilidad de acabar siendo unos horteras más en la planicie del hard rock musculoso del que no están tan alejados en espíritu (lo de “glitter” siempre es sospechoso).

En cuanto a las letras, no dejan de ser parafernalia Stooges de tercera mano y confesiones de bronquista amateur garabateadas en el reverso de un posavasos, aunque con algún momento personal que los redime de ese callejón en el que, por otro lado, se mueven como pez en el agua (“Creo que nací para otra época/sin tipos enchaquetados, sin techno/Vivo en una montaña, sobre todo eso”).

En definitiva, Power conocen, probablemente por instinto y vena, los trucos y las dinámicas del rock&roll más primario y excitante, y las ejecutan con encantadora tosquedad y, sí, con innegable PODER. Saquean, además, en las mejores tumbas y lo hacen con la autoridad que precisan tales negociados. Pocas coñas, actitud y mala baba son la médula de un álbum soberbio en lo suyo y que tiene la virtud de enganchar más y más con cada escucha.  

Ahora bien, si fuesen de aquí e igual de buenos (y hay unas cuantas bandas que lo son) estarían ganándose las birras a pulso en garitos diminutos, en ese impecable ostracismo que hay debajo del tan cacareado “underground”. Como son australianos, en cambio, existe la posibilidad de que su ladrido terminal consiga buena prensa, al menos, incluso entre el snobismo rock de aquí, y que se hagan unas cuantas giras al quinto pino de esas que tanta envidia insana me dan. Ya se sabe que lo que al lado de casa es molestia cafre nivel diez se convierte en lúcida deconstrucción cuando viene de fuera. Intentemos sacudirnos ambos estigmas: Power son una banda cojonuda y han facturado un discazo, aquí y en Australia, en eso es fácil coincidir. Ahora sólo falta recuperar a todos los energúmenos de por aquí que hacen lo mismo cada año y a los que nadie se molesta en dar una oportunidad.

Me aplico el cuento, yo el primero.

miércoles, marzo 15, 2017

NI MIEDO NI ESPERANZA - Una entrevista con DAVIDIANS





Nos ocupamos hace poco de “City Trends”, el explosivo debut en Sorry State Records de Davidians, banda de Raleigh (Carolina del Norte). Sin dejar de ser personalísimo, nos abrasó el paladar con un retrogusto a óxido que remitía a algunas viejas bestias de AmRep. A medias quirúrgico y montaraz, aquel ejercicio mayúsculo de punk atemporal y noise igualitario, despachado en apenas 18 minutos, pasó pronto a ser un favorito de la casa, así que decidimos indagar un poco más. Topamos con Brian Walsby, batería y el más veterano de los cuatro energúmenos. Y como buen batería y buen veterano, su discurso fue tan amable como seco, pragmático y exento de teoría accesoria. Leyendo entre líneas, es interesante observar la concisa lucidez del que -como muchos de nosotros debiésemos entender- sabe que no hay más cera que la que arde y que si no quiere uno volverse loco la guerra de guerrillas exige un particular estado mental (ver respuesta 12). De propina, el disco completo en youtube y un bolo revientacráneos, firmado y filmado en alguna zona espectral del imperio. Ni miedo ni esperanza, decían los estoicos. Sea, pues.


1- ¿Cómo es vivir en Raleigh y la escena musical allí? ¿Crees que la ciudad y el entorno influyen en lo que hacéis?

He vivido en Raleigh casi treinta años y siempre ha habido mucha música saliendo de aquí, de todo tipo. Ahora hay aún más material, como en cualquier otra parte. Tocar música cuando yo era un crío se veía como algo estrambótico, y ahora es algo mucho más aceptado. Hay toneladas de bandas y artistas por aquí, pero estoy bastante fuera de todo eso hoy en día, si te soy sincero. No creo que el lugar en que vivimos ni el entorno tengan nada que ver con la música que hacemos; simplemente sucede que vivimos en el sur, pero no estoy metido en ningún rollo de “sonido regional”. Aunque quizá el resto de la banda piense de otro modo.

2- Algo que me encanta de City Trends es que los diferentes elementos (bajo, guitarra, batería y voz) parecen tener la misma importancia en el resultado final. Eso da una sensación de esfuerzo colectivo muy saludable. Tampoco está sobreproducido, y se agradece…

Gran parte de lo que hacemos empieza con Justin y el bajo. Es un rollo guiado por el bajo. Después yo y Colin añadimos cosas, con las partes de batería y guitarra, y después Cameron añade las voces. Colin tiene otra banda que es su ojito derecho y lo que escribe para ella es totalmente distinto de lo que hace para Davidians. Aunque no creo que al resto de la banda les gusten cosas como Minutemen, en gran parte el modo en que hacemos las cosas me recuerda a ellos: sin líderes, todos iguales. Los instrumentos entran y salen, entretejiéndose de manera igualitaria. El disco lo grabó Greg Elkins. Es un Viejo amigo y sabe lo que hace. Simplemente le dejamos que hiciese lo que pensase que era mejor, e hizo un gran trabajo.

3- Hay un directo vuestro en youtube bastante brutal. ¿Os gusta que lo que hacéis en los discos pueda ser reproducido en directo o queréis ir más allá?

Hay unos cuantos interludios en el disco que fueron añadidos, pero podemos tocar en directo todo lo que está en él.

4- Con la edad, montar bandas y mantenerlas se va pareciendo a un milagro. Vosotros ya no sois chavales…  ¿Cómo os apañáis?

Es algún tipo de estúpida singularidad genética. Yo soy el más viejo, tengo cincuenta y uno. Justin está a mitad de los cuarenta. Colin y Cameron deben tener como treinta o por ahí. Simplemente, me gusta tocar la batería, me gusta lo que hacemos y me gustan estos tipos. Es un milagro, a decir verdad. Mi vida es muy distinta de la del resto, porque tengo una hija de seis años con necesidades especiales y además soy padre soltero. Sabemos que no podemos hacer demasiadas cosas, así que lo hacemos cuando podemos. Además tengo un trabajo de temporada vendiendo merchan para Melvins, así que conjugar todo eso es bastante extraño. Pero parece que podremos seguir haciendo esto por un tiempo, así que eso será probablemente lo que hagamos.

5- Hay mil modos de entender una banda: como una pandilla callejera, como una familia, como un entretenimiento… ¿Qué significa para ti?

Soy demasiado Viejo para estar en una pandilla (risas), aunque hay un poco de eso, sobre todo cuando te vas de gira, como acabamos de hacer. Esta es la tercera banda en la que he estado con Justin en un periodo de treinta años. Parece que tocamos bien juntos y tenemos una excelente relación de trabajo, pero no nos vemos mucho fuera de la banda. Colin y Cameron son muy buenos amigos entre sí. En general, nos entendemos bien.

6- Pese a las influencias que puedo ver en vosotros (sobre todo de algunas bandas oscuras del sello Amphetamine Reptile) vuestro sonido es personal. ¿Pensáis en ello, en sonar “distintos”, o sale así de modo natural?

Tenemos un montón de influencias y robamos cosas de mucha otra gente (risas). Creo que sólo queremos encontrar cosas que nos interese tocar y no estar pensando demasiado si “tiene que ser así” o si “tiene que sonar asá”. Hay muy poco pensado o planeado de antemano sobre como tienen que acabar sonando los temas, lo cual es bueno. No quiero andar mareando la perdiz con el asunto. Creo que ninguno queremos.

7- Tuviste una banda anterior, Double Negative, donde también estaban otros miembros de Davidians, ¿qué diferencias hay entre ambas?

Muchas. Yo era miembro original de Double Negative. Cameron sustituyó a Kevin, el cantante original, pero para entonces yo ya no estaba en el grupo. Justin estuvo en DN durante toda la existencia de la banda. Pero la diferencia esencial en cuanto a sonido es que tenemos a Colin, que toca digamos, como tocaría Rowland S. Howard en The Birthday Party, pero sin tener mucha conciencia de ello ni de ese rollo… fue como un accidente afortunado. Y trabajamos un espectro musical mucho más abierto que Double Negative, que eran más estrictamente hardcore y punk veloz, aunque con algunas partes raras.

8- ¿Qué significa para ti la palabra “punk” hoy en día?

Nada

9- ¿Qué importancia crees que tiene el sentido humor en la música?

Hmmm… Me gusta cuando las cosas son accidentalmente graciosas. La mayor parte de la música que se supone que es graciosa a propósito no lo es para mí. Me gusta cuando es accidental.

10- ¿Sacáis dinero con la banda? ¿Podéis vivir de ella? ¿Os gustaría?

Bueno… no. Y no querría, para serte sincero. Es algo que está prácticamente abocado al fracaso. Acabamos de volver de dos semanas de gira con 200 dólares en el bolsillo, pero sin gastar nada de nuestro propio dinero. Considero eso como un éxito.

11- Recuerdo entrevistar a Federation X hace unos años. Me dijeron que una de las cosas que les gustaba de la música era que, al revés que en los deportes, nadie tenía que perder para que alguien ganase. No había perdedores. ¿Qué opinas?

Supongo que depende de cómo lo veas. Si lo hubiésemos abandonado todo para hacer esto y nos encontrásemos metidos en un enorme agujero financiero; si hubiésemos intentado llegar a alguna parte y fracasado totalmente, entonces podría considerar que estamos “perdiendo”. Pero como no hemos hecho nada de eso y hemos sido realistas, nos considero ganadores (risas)… ¿Qué te parece esa respuesta? (Risas)

12- La vida para las bandas underground en España es jodida (aunque acaso divertida): nada de dinero, un montón de garitos de mierda y poco público. Aunque desde aquí se piensa a veces en EEUU como un paraíso musical, supongo que no lo es…

Tienes que ser realista al afrontar lo que estás haciendo y tener pocas expectativas, así, cuando las cosas funcionen, podrás estar gratamente sorprendido. Honestamente, no sé cómo se hace popular alguien hoy en día. Hay muchísima música y miles de bandas ahí fuera, y las cosas se han devaluado. Hoy a la gente no le importa tanto la música… hay tantas otras cosas que la gente puede hacer… Creo que somos una banda bastante buena en lo que hacemos, pero, como cualquiera sabe, eso ni es suficiente ni significa nada en realidad. No es el paraíso, desde luego. Necesitas algo de suerte, o que los “creadores del gusto” decidan que eres “bueno”. Cuando se formó Double Negative hubo un verdadero explosión de gente joven motivada, que se enganchaban a la banda y que nos ayudaron mucho. Con Davidians no pasó eso cuando empezamos, y ha sido un proceso más lento darse a conocer. Pero está bien así.

13- ¿Sois, de algún modo, una banda política. ¿Cómo explicarías la actual situación política en EEUU si alguien de fuera te preguntase?

No somos una banda política en absoluto. Tengo problemas y preocupaciones vitales, pero ninguno de ellos está causado por quién sea nuestro presidente en este momento.

14- ¿Qué hay después de la muerte?

Vaya, tío… bueno… espero que haya algo.


lunes, febrero 13, 2017

DORIAN VIAN – “Magic Mountain” (Dubaduba Records)




Hablé del madrileño Dorian Vian en mi reciente libro “Santos y francotiradores”, donde él era uno de los elementos más jóvenes entre la caterva de mentes pensantes subterráneas. Tenía ya entonces un par de discos notables al timón de las bandas Ruda y Jefferson 30, construidos a golpe de  canciones emocionantes en castellano, ejemplos ambiciosos de una sentimentalidad de línea clara llevada al incendio emocional. A algunos de mis cercanos no les convencía, a otros sí. Había polémica, lo cual siempre está bien. A mí se me antojaba que había algo allí luminoso, a despecho de cierto exceso. Y en todo caso a veces el exceso es necesario, porque hablamos de música pop, de magia de síntesis, que a veces puede nacer en el cubil donde uno piensa, pero que más a menudo proviene del chispazo engendrado por la vida, por la acción, por el desastre, por todas esas cosas que suceden cuando uno vuelve a cometer el error de poner el pie en la calle. Bendito error.

En un cambio más de timón, y ya bajo su propio nombre de Guerra, Vian fabrica esta montaña mágica -o estos nueve pasos iniciales hacia una posible montaña mágica- circulando en cambio por los territorios de una “americana” pausada que lo mismo remite a Vetiver y otros ejemplos moderados del weird folk que a unos Black Crowes a los que se hubiese suministrado narcóticos con la leche del desayuno, o (salvas las distancias) a un Tom Petty menos cromado al que le hubiesen amputado los estribillos efectivos (y efectistas). Dudo que Vian, que hace poco aún insistía en que hacía “grunge” conociese a todos los citados cuando compuso el artefacto (a los Crowes y a Petty seguro que sí, claro). Analizar los reflejos nos llevaría, pues, a una interesante reflexión sobre cómo opera la influencia, encapsulada a veces a través de “mediadores”, no diré “médiums”, pero la dejo para otro día más lúcido.

En todo caso el resultado es notable. Me intriga, para empezar, cómo alguien que parecía tendente al exceso por naturaleza, a la canción que explota y que después se extiende en espirales crecientes hacia el hiperespacio, es capaz de pronto de remitir y mostrarse en planicies serenas y semiacústicas de poco más de tres minutos. Funciona, eso sí, superando incluso las similitudes entre temas. Por ejemplo, “Chasing rabbits” y “Revelry”, las dos que abren el trabajo, parecen por un momento el mismo tema; se nos exige un extra de calma y de atención para descubrir que esto no es mera americana de ascensor, sino musica emocionante, suspendida en el tiempo, que se abstiene voluntariamente de derivar hacia el estribillo que subyace.

Así, carburando en ese medio tiempo aparentemente estático, el disco comienza a desperezarse hacia su centro, y en el camino va mutando en un oleaje calmado pero intenso: no por usar mimbres conocidos, por ejemplo, son menos paladeables la agridulce calidez crepuscular de “Considerations” o el desgarro sin efectismos de “Spellbound”. Quizá la miniatura que es “Out of Control” necesitase algo más de definición en lo vocal, pero la redime su cautivador deje arrastrado, que roza levemente (aquí salvando las distancias más) ese deje decadentista que hizo inigualables a los últimos Big Star. Después, “Watching the Sun” y “Things Have Change” (sic) son temas indudablemente bellos y sólidos, quizá los picos de un álbum que cierra desembocando en un cover de la archifamosa “Fade Into You” de Mazzy Star, que si bien no altera un punto los postulados del original consigue al menos conservar gran parte de su belleza, lo que, bien mirado, es mucho.

Comentario aparte para “Resucitar y morir”, único tema en castellano del lote, con un arranque lejanamente reminiscente de “I’ll be your mirror” y una influencia notable de Antonio Vega sostenida con solvencia. A quien le interese ese tema en concreto le recomendaremos que viaje hasta el otro grupo de canciones que Vian ha colgado en su soundcloud bajo el título de Tiempo de Silencio, donde muestra otra de sus muchas caras. Hagan la prueba y comprueben esa otra posibilidad, articulada íntegramente en nuestro idioma. Se encontrarán con un puñado de canciones vibrantes que podrían haber aparecido a finales de los ochenta, y en las que se puede percibir una de las mayores virtudes del autor (quizá también una de las que divide a la parroquia): su poética desprovista de metáfora y artificio, no por ello menos intensa, no por ello menos fértil, acaso más.

Ambos son discos que podrían sonar en la radio y que podrías regalar a cualquiera, entendido o profano, y esa es otra virtud. Conservan sin embargo, pese a ese elemento común, un filo escondido que los coloca un paso más allá. Volveré en otro momento sobre ese Tiempo de Silencio de suspendida ceniza pop y acaso superior en algunos aspectos a su hermano. Cierro, mientras, mi reflexión sobre Magic Mountain comprobando, en fin, que me sigue atrayendo lo que crea Vian, y que (alejándonos de lo artístico, centrándonos en lo práctico) con una producción algo más dinámica y un poco de ajuste en la pronunciación, su planteamiento podría competir con ventaja contra cualquiera de sus compañeros de visión de por aquí. No es un mundo fácil, sin embargo, el sobresaturado redil del folk-rock confesional de raigambre americana.

Esperemos que persista en ambas vertientes y las ajuste hasta la excelencia que él mismo sabe que puede alcanzar. Está a un paso de distancia. //FGL.


martes, enero 17, 2017

DAVIDIANS – “City Trends” (Sorry State records, 2016)




Siempre que puedo hablo de una banda brutal y algo olvidada que publicó su cacharrería noise’n’roll en Amphetamine Reptile: Halo of Flies. Resulta que eran la banda del capo del sello, Tom Hazlmeyer, un personaje a estudiar. Y resulta que pese a ese leve autonepotismo, eran de lo mejor que salió de una cuadra de por sí asombrosa (porque allí estaban Unsane, Cows, Hammerhead, Today is the Day y otros cuantos de lo mejor de aquel punk bastardo, violento e imposible de definir de finales de los ochenta y principios de los noventa).

Pues bien, escuchando a Davidians he tenido la misma sensación de angustia liberadora que los Halo me proporcionaron en su momento. En menos de veinte minutos, los de Raleigh -al parecer veteranos de otras bandas que habrá que investigar- escupen sus ocho exabruptos y se meriendan a todos sus congéneres actuales: “City Trends” (Sorry State) es un festín de punk encabronado y con querencia por el ruido pero que permite el aire pasar a través de la agresión. Me explico: acostumbrado a amalgamas de metalcore y otras lindezas; habituado a producciones detallistas pero abigarradas en extremo (porque la influencia del metal en el punk ha sido definitiva y no siempre buena, en este siglo), es un momento de gracia encontrarse con una banda que sabe que a veces hay que dejar que las reptantes líneas de guitarra se oigan sin guarnición, que la voz llegue al cerebro en crudo, que la víscera se exprese sin mayores adornos, en toda su luminosa furia.

Pelados, expresionistas, al hueso mismo del cabreo -igual que en los mejores momentos de las bandas citadas- Davidians van montados en su ola autopropulsada de chatarra y te estallan en las narices sin necesitar más que los mimbres de siempre. Porque desde luego una bomba nuclear puede destruirte, pero también puede destruirte un alambre de espino si se utiliza bien. O un martillo de carpintero en el cráneo. O un destornillador clavado en el ojo. Y así son ellos: un KO al viejo estilo, si consideramos que esa amalgama de punk/core encabritado, rock&roll venenoso, rítmica dominante y guitarras dañinas e inteligentes es ya un viejo estilo.

¿Qué los diferencia de otras bandas? En un entorno donde los punks hace siglos que tocan muy, muy bien, y aparte de lo citado, diría que su baza ganadora es una naturalidad que rara vez se encuentra en un mundo empeñado en epatarse a sí mismo una y otra vez; un mundo (o mundillo) empeñado en un “citius, altius, fortius” que a veces no lleva a parte alguna. Después de decepciones como por ejemplo la del segundo disco de Code Orange Kids, perfecto ejemplo de supersonido para nada, Davidians son un baño de sangre refrescante y necesario para el que firma.

Al 11 desde la salida hasta el final, los temas son potentes por sí mismos pero el artefacto funciona a la perfección como ente en sí, cohesionado, articulado, maligno: una especie de comadreja mecánica dispuesta a comerse tus entrañas. Y a compartir los restos con los amiguitos. Un disco necesario para los partidarios de la Orden de la Coz que queden en la sala, a estas alturas. //F.G.L.


sábado, enero 14, 2017

Canciones para perros en peligro - "PRIDE OF EGYPT" - ANDRÉ ETHIER



La  mayor virtud del pop es su condición adhesiva. “Pride of Egypt”, ese temazo de André Ethier es un ejemplo (poco obvio) de ello. Podríamos apuntar -es evidente aquí- que Ethier ha escuchado con mimo a los clásicos, porque la cosa supura dylanismo. Y, para ir más al detalle, también que el tema se da un aire al trabajo de Dan Bejar como Destroyer. De hecho me pasé un rato intentando saber si era una canción compuesta a medias. Pero no, aunque han compartido escenario y es lícito suponer una polinización de ida y de vuelta. Podríamos indicar que es de maestros saber mantener el interés de un tema durante seis minutazos en una época en la que las canciones se suelen paladear unos pocos segundos y a otra cosa. Y junto a ello, declarar que como letrista Ethier es fino y capaz de mezclar con fluidez el mito y la realidad, lo universal y lo cotidiano: si en nuestra anterior entrega Julian Cope nos ofrecía un salmo en forma de fanfarria sobre una huida vital al sur, aquí el canadiense trae en bandeja una reflexión -no menos críptica, y probablemente metafórica en parte- sobre el pueblo elegido, sus cuitas en Egipto, su paso por la historia, sus fijaciones y sus culpas presentes. Podríamos, en fin, despiezar la canción, sus detalles, sus motivos, sus similitudes, sus trucos; hablar incluso del solo que se despliega pasado el minuto tres, con perezosa furia, redondeando la jugada y desembocando en esa frase cantada con una pasmosa sensibilidad que dota de contenido a palabras de por sí anónimas: “Oh, puedes sacarme, sí, puedes llevarme contigo cada vez que salgas de compras…”. Podríamos hacer todo eso, pero las autopsias no sirven para organismos vivos. No explican esa condición adhesiva de la que hablo y que hace que un tema se quede contigo durante semanas, meses o años; que lo canturrees por lo bajo mientras te aburres en sociedad, que los masculles en tus viajes diarios por los patios traseros, que lo cantes en alto cuando estás solo, como para probar como le sienta a tu voz ese prodigio.

Ethier fue grande con los ya legendarios Deadly Snakes, un grupo que empezó facturando un garaje esforzado y brillante pero que mutó hasta convertirse en una especie de The Band del siglo XXI con el tremendo “Porcella” (2005) y de inmediato se disolvió. No tengo ninguno de sus discos posteriores, aunque me los han recomendado más de una vez, y tampoco he leído mucho sobre él, después de aquellos días de gloria. Su presencia en internet es escasa y tiene pinta que es uno de esos sabios a los que el relativo anonimato agrada más que estorba.

Así pues, no hagan ruido. Guarden el secreto.

Y escuchen la canción.


(aquí otra esforzada transcripción de oído y acaso no exenta de errores)


Pride of Egypt

Well, take your time
Take all the time you need to get settled
But you’re not a child
No, you’re not
Yehova’s posessed you
to believe you ever owned the desert
Let’s celebrate
Yes, let’s celebrate
With an avalanche of stones
That you’re a rival
When I press my black lips to your Hebrew nose
I just can't help but feel for the sphinx
She was once the pride of Egypt

Oh, take your chance on me
Well the sweets call out to the swiss
Put your money where your mouth is
We’re starving over here
Yes, we’re starving for expansion
Turn the cameras on us
Lets’ patronize somebody
Yes, and let’s rewrite all the myths
that led us up here
And when the stars above on the atmosphere
And the roads lead not to Rome
But to Olympus
We can all be brought to justice
Yes we can

Put a line right through my name in your diary
I can see you
Yes I can see you
But I can’t afford the suppression of your memory
I’m a ghost to you
Yes and I’m hunting your people’s collective memory
And we can house the refugees in the pyramids
But there’s no accounting for the numbers
We can’t build a tomb around those figures

Ohhhhhh, alright

Oh now
Oh you can take me out
Yes, you can take me with you every time you go shopping
But let’s victimize somebody, right now
Well, you know what it takes to stone a martyr
I’m a fool for you
Yes I’m a fool to think that you’ll ever let me have you
But if there was ever a better friend
Let me be you, I would like to meet him
I was once the pride of Egypt

Yes I Was

miércoles, enero 11, 2017

Canciones para perros en peligro - "DISASTER" - JULIAN COPE




A veces pienso en Julian Cope y me lo imagino fumándose unos pitillos con Varg Vikernes en el porche, mientras cae la tarde. Han descubierto, como todos sabíamos, que tienen más cosas en común que diferencias y ahora, ya viejos, esperan a que el mundo acabe de una puta vez con una larga, larga conversación. Otras veces, en cambio, me lo imagino con André Ethier. Es el ocaso, y ambos cantan a duo ese temazo que es “Pride of Egypt”. Cope se inventa alguna línea sobre los megalitos y la revolución armada. André le deja, porque es canadiense y muy educado. Luego se hace la oscuridad y el valle queda en silencio. Ya no están ni Ethier ni Vikernes. Sólo está Cope, en la oscuridad, sentado en su mecedora, recordando quizá las épocas en las que estuvo a punto de ser una estrella del pop, las épocas en las que tocaba con los dedos la fugaz gloria que se llevaron en el saco Ian MacCulloch y otros talentos medianitos.

En la exigua lista de artistas que han sabido cambiar su discurso acorde con el cambio de su vida y sin que su obra se resintiese, Cope ocupa un lugar mayor. Buen ejemplo de tal cambio son, para quien quiera visualizarlo con rapidez, los dos directos que incluyo aquí. Separados por apenas cinco años, retratan una marciana evolución que va desde el enfant terrible mefistofélico enfundado en cuero -y poseído a medias por Bowie y por Morrison- hasta el visionario triposo y viajero del tiempo; del revisionista pop al deconstructor kraut  (siempre manteniendo el gancho melódico). En el primero hay una furia controlada que roza el disloque pero no termina de liberarse nunca. En el segundo el mundo ha estallado y ha comenzado el proceso de recomponer el puzzle de un modo nuevo e imaginativo. Pero es que esos cinco años son, precisamente, los que usó Cope para convertirse en otro; para abandonar finalmente la persecución de las portadas, retirarse del foco, planear su imprescindible libro “The Modern Antiquarian” (que publicaría en el 98 tras al menos ocho años de trabajo) y publicar dos discos prodigiosos como son “Peggy Suicide”(91) y “Jehovakill” (92).

Después de aquello su carrera siguió siendo interesante, su pensamiento certero y su activismo estajanovista, pero allí estaban los hallazgos mayores. Sin embargo, volvamos al primer directo. Ya en él, pese a que pertenece a la época del muy pop y cromado “Saint Julian” (87), flotaba algo más que el simple brillo del pop oscuro; algo distinto al nihilismo decadente y romantizado de compañeros de época como los excelentes Jesus o los sobrevalorados Bunnymen. Ya había algo que funcionaba por encima y por debajo de los parámetros mainstream.

En el 97, quizá como tardío eslabón, como confirmación de que, en efecto, en aquellos años pop había existido una marea de fondo que conducía hasta el abismo chamánico, el sello Island publica “The Followers of Saint Julian”. Es un recopilatorio de rarezas y caras B que cubre tan sólo el lapso 86-87, y el típico disco que a primera escucha parece lo que promete: un cajón de sastre para completistas. Sin embargo, a largo plazo se ha convertido en uno de los discos de Cope que más escucho. Hay algo en él de locura, ensayo y contra ensayo; de mente incómoda con su situación que no ha encontrado todavía el agujero por donde escabullirse hacia otra dimensión, encerrada en su propio placio de hielo. Contiene, además, dos versiones excelentes (“Levitation” de los Elevators y “Non-Alignment Pact” de Pere Ubu)  y un tema extraño, entre clásico y visionario, excelentemente cantado y que define, quizá, ese ansia de cambio de la que hablo. Me lleva dando vueltas en la cabeza un puto mes: “Disaster”.

He sacado la letra aproximada, no sin algún problema y con la inestimable ayuda de The MPress:

Confident at last we have set our sails for Egypt
Penury and Newgate left behind
We are all alone, oh but we have new horizons
Saviours of the feeble and the blind

Oh we have fled from disaster
Oh we have fled from our her sign
Oh we have sailed all these passing days
Shallow in friendship and grace

Taking men aboard we began to have misgivings
Victims of an opulent parade
But smiling now we leave the golden island of our fathers
Sharing off the errors of our ways

Oh we have fled from disaster
Oh we have fled from her sign
Oh we have failed all these passing days
Shallow in friendship and grace

I’m praising the day when the cold sea mist was lifting
Cold that drives a wet dream to our eyes
I’m smiling, smiling, idle restlessness  I’ve known
Looking for an oath that is my own

But now I leave the shanty towns for castles in the south
Should I trip and stumble full into the lion’s mouth
We are drifting needlessly
Won’t you come and marry me?
We are drifting needlessly
Won’t you come and marry me?
We are drifting needlessly
Won’t you come and marry me
Before our ship could reach dry land?

Sería, ¿no es cierto?, un excelente himno para cualquiera que tenga que dejar su mundo atrás. Y eso la gente lo hace todo el tiempo.

A veces imagino a Julian Cope murmurándolo, con la última luz.

Y yo lo canturreo también.

lunes, diciembre 19, 2016

POISON IDEA – “Company Party” (Voodoo Doughnut Recordings)



Respetados, pero un poco olvidados, a lo suyo siempre, Poison Idea nos dieron un toque de atención (a los que nos enteramos) con la publicación en 2015 del excelente “Confuse and Conquer” que los mostraba remozados pero con el instinto asesino intacto. Acierto parecía, allí, la reincorporación de Eric “vegetable” Olson a la guitarra, y Jerry A. conducía al equipo con firmeza un paso más allá de lo esperado, cuando la mayor parte los considerábamos ya, más o menos, una digna reliquia de tiempos pasados más broncos y verdaderos.

Ahora, en 2016, nos llega la segunda hostia (por si la primera no nos había despertado) con la forma del mejor disco de punk&roll en directo que vayas a escuchar en mucho, mucho tiempo. La clase magistral fue grabada en directo en la fiesta del sello Voodo Doughnut. Los de Jerry la empiezan algo fríos con la simpática y gutural “Triple Chocolate Penetration” (premio al mejor título de la década), se van calentando con un inesperado “We Will Rock You” (Queen, sí) y a partir de ahí la cosa te explota en las manos y te las arranca de cuajo.

La mitad son temas propios en estado de puta gracia; su eterno e inimitable punk de alto tonelaje e incendiada médula rock&roll. La selección de temas es brutal, claro, porque sí, ellos fueron los que firmaron Record Collectors are Pretentious Assholes, Blank, Blackout, Vacant, Feel the darkness y otras obras maestras de la brutalidad con cerebro, y de tal cosecha se pueden sacar pepinazos blindados hasta hartarse. Pero lo llamativo a estas alturas no es eso. Lo llamativo es que los pongan sobre la mesa como si los acabaran de hacer hoy, con el brutal empaque y el grasiento swing que los hizo enormes hace ya décadas.

La otra mitad del pastel (intercalando versión cada dos temas propios más o menos) la compone un picnic pantagruélico en el que proceden a merendarse hits tan diversos como “Born to Lose” (Heartbreakers), “Shot by Both Sides” (Magazine), “Motorhead”, “Death to the Sickoids” (Subhumans) o “I don’t Care About You” (Fear) igual que quien ataca un bocata de panceta después de una semana sin comer.

El resultado de tal fiesta en forma de hamburguesa de 14 pisos es, y no exagero, uno de los mejores directos que he escuchado jamás. Uno de esos a los que va a haber que ir en peregrinación cada cierto tiempo para no olvidar de qué iba la cosa. Lo digo ahora, recién escuchado un par de veces, y prometo mantenerlo en el futuro, si es que tal cosa existe. El cerdo campeón debe estar reventando de orgullo al otro lado del río. //F.G. Lovecraft


sábado, diciembre 10, 2016

POR DEBAJO DEL BIEN Y DEL MAL (10 años de KAPUT)



Hace diez años empecé este blog (con esta misma imágen). Diez años. Tenía por tanto entonces 31, y si no me falla la memoria había empezado a trabajar en un periódico del ala diestra y había entrado en una de las etapas más tristemente mágicas de mi vida. Mi día a día era caótico, bebía demasiado, quería ser cosas que aún no era y llevaba tres o cuatro años escribiendo en Ruta 66 y un par editando con un amigo nuestro viejo fanzine Kaput, el Kaput en papel, del que salieron cinco números. Las razones por las que empecé con esto me resultan ahora indescifrables, aunque supongo que algo habría de exhibicionismo y algo de un pragmatismo al hilo de los tiempos bastante raro en mí. Lo que me ha aportado es, sin embargo, más claro.

Rara vez un blog dura una década. La red está saturada desde hace tiempo de chatarra interestelar que fue prometedora y quedó en casi nada. Dice mi amigo Juan Terranova que la parte más móvil, maleable y participativa de los blogs, el “comment”, el comentario, no tardó en independizarse y que de ahí surgió Twitter. Es cierto, y es también síntoma de nuestra época, o al menos de la época que acaba de pasar. Queremos comentar, a toda costa, y el elemento sobre el que se comenta es para ello un estorbo cuando es demasiado articulado: el elemento sobre el que se comenta debe ser reducido a su mínima expresión y, a ser posible, ser implícito a un mundo. ¿Qué mundo? El nuestro, por supuesto, es decir, la carcelaria burbuja mental a la que hayamos decidido llamar el mundo.  ¿Leer un texto medio o largo y comentar a partir de él? No, por favor.

No sé si tal situación es buena o mala, pero es. O ha sido. Sé, sin embargo, que yo abrí este KAPUT cuando la explosión del formato ya había pasado, que fui tardío, hasta cierto punto, y que no mucho después llegó la época en la que el feedback empezó a caminar por esos otros senderos. Yo seguí con la tarea, pese a la ausencia de ese feedback, no por fanatismo, sino como el que lleva consigo siempre cuadernos de trabajo (yo los llevo). Nadie espera que bajo su entrada manuscrita del día broten de repente debates y firmas, insultos o halagos. No hace falta. No es esa la misión. Del mismo modo que me sirven los cuadernos, el blog me sirvió, aún en la aparente ausencia de lectores. Me sirvió para reafirmarme en mis motivos cuando el recorrido del periodismo diario me obligaba a tratar materias muy distintas. Me sirvió para hacer una modestísima publicidad de lo que iba publicando en otros medios. Me sirvió para dar rienda suelta a mis manías y acabar sacando de ellas objetos más cuajados. Me sirvió para llegar hasta gente a la que jamás hubiese descubierto de otro modo. Me sirvió, sobre todo, para ir soltando la mano, para ir orbitando con libertad sobre motivos recurrentes hasta pulirlos; para ir pasando de un estilo más o menos cerrado (reseña, crónica) a un estado mental cercano al ensayo. Para relacionar. Para caminar lentamente hacia lo que sería el embrión de una nueva forma mía que, a trancas y barrancas, coaguló finalmente en dos libros y en una nueva revista en papel. Los libros fueron “El puño y la letra” (66rpm, 2013) y el reciente “Santos y francotiradores” (66rpm, 2016). La revista fue nuestra querida Karate Press (KP también, como el Kaput original, y que igual que aquel subsistiría durante cinco números, pero mostrando una profesionalidad, una apertura  y una profundidad mucho mayores).

¿Hubiesen existido esos libros y esa revista sin este modesto blog? No. Lo observo hoy y me doy cuenta de que -además de revelar un empecinamiento y un cierto método que rara vez se me suponen- es la columna vertebral, tenue pero cierta, que me ha servido para sujetar mis obsesiones y encaminarlas a todas como un rebaño en la misma dirección; el hilo de tender donde las he ido colgando a secar.

Ha sido en los blogs, y no está mal recordarlo, en donde se ha desarrollado gran parte de la mejor crítica musical de esa década que contemplamos. La prensa establecida (incluida la que se las daba de medio underground) nunca supo seguirle el paso a esos nuevos modos, más libres, menos sectarios, y se limitó a argumentar una y otra vez que en un blog podía escribir “cualquiera” como si ellos tuviesen, por el contrario, algún baremo de excelencia férreo. No pocas veces les he devuelto con cierta sorna el comentario. Pese a que en esa prensa sobreviven (ninguneadas, a veces) varias plumas de valía, lo cierto es que es en ella donde, parece, puede escribir “cualquiera”.

Así, cuando hace un año y pico coordiné la salida a la luz de Karate Press comprobé que una de mis intuiciones de partida era cierta: había excelentes escritores y críticos que estaban infrautilizados en sus respectivos medios o que directamente carecían de medio. Un nutrido grupo de gente lúcida que, concedida la libertad suficiente para encarar los temas que querían tratar del modo que deseasen, eran capaces de ofrecer material de primerísima magnitud. Los artículos aportados a tan ignota publicación por gente como Mikel Primigenio, David Bizarro, Carlos Lapeña, Héctor G. Barnés, Coronel Mortimer, Félix Frog y otro buen número de individuos están, eso no lo dudo, entre lo mejor que se ha escrito en España sobre músicas arriesgadas y aledaños. Es decir: la materia prima existe. Luego, la necrosis aguda de nuestra prensa musical generalista proviene de errores estructurales, no de falta de talento personal.

Algunos de esos excelentes periodistas habían tenido blogs o similares, o los tienen aún. No debemos menospreciar pues, el papel que ha jugado tal formato, por olvidado u obsoleto que nos parezca a veces, como elemento de maduración y transmisión en un entorno que no siempre le permite a uno escribir donde quiere y, menos aún, escribir sobre aquello que considera imprescindible contar. Yo, a este respecto, tuve la enorme suerte, de encontrarme en 2002 con la persona de Jaime Gonzalo, que sin conocerme de nada y vía mail me permitió arrancar mi “carrera” en el Ruta. A él le debo pues, parte del desastre posterior. La otra parte del mérito es mía y de la vida que he llevado, y de la gente que he conocido y de los días, las copas, los trenes, las ciudades y las miradas.

La solidez se construye. Pero raramente se construye siguiendo los parámetros dados y las doctrinas establecidas. Los campos de juego son necesarios, los patios traseros y los espacios desolados son necesarios. El otro lado de las vías del tren es necesario. La experiencia directa de “lo otro” es necesaria para no acabar siendo una oveja. O, como dijo una vez mi querido Javier Colis, “la experiencia es siempre más montaraz”. La historia de la verdadera prensa cultural de este tiempo no será la de los grupos y los conglomerados, ni la de unos periódicos tan patéticos como rancios. Habrá sido la nuestra. La cuente alguien o no. La resuma alguien o no. La cante alguien o no.

Es una cierta satisfacción, para que negarlo, haber puesto mi grano de arena durante una década francamente turbulenta y divertida.

No diré que lo hice por vosotros, lo hice por mí. Pero espero que a vosotros os haya servido de algo también.

Salud. 

Por vuestro viaje.

jueves, noviembre 17, 2016

LITTLE COBRAS - "Fire Monkey" (Clifford Records, 2016)



Como bien sabe el primo de Charles Manson (en la foto), hacer discos de Rock&Roll navajero casi perfectos está al alcance de muy pocos. Igual que sobrevivir vocacionalmente en la basura o divertirse en la guerra, es un grado de psicopatía aplicada difícil de alcanzar. Los gaditanos Little Cobras impactan de lleno en ese nivel con Fire Monkey que, cual hot-rod cargado de gasolina, se pasa de frenada, vuelca y estalla en una bola de fuego que arrasa tu garito. Concisos, enervados, incinerantes, pueden usar ya el chascarrillo de Lemmy con todo el derecho y la chulería: “Somos Little Cobras y tocamos Rock&Roll”. Aunque ellos estén bastante más cerca de Oblivians, por poner un ejemplo de perfección en el desguace.

Por mucho que su anterior Songs for Dogs and Planets les mostrase ya fibrosos y eficaces, aquí la progresión es meteórica. Con menos rodeos, directísimo al grano (sólo un tema por encima de los tres minutos) el Mono de Fuego los retrata en estado de gracia, en el centro mismo del Rock&Roll de raíz blues y visceral urgencia punk, sintéticos, brutales y capaces de hacerte un siete con la única ayuda de un hierro oxidado. 

Tienen a los Cramps en una mano y a Gun Club en la otra, lo que implica que a la espalda va todo el blues cabrón que uno quiera, como se puede comprobar muy claramente, por ejemplo, en un “Barstool Boogie Spree” que abreva en el pantano tóxico. Pero también son capaces de beberse ese veneno embotellado en cristal, como en “Bubble”, adornada por coros de chicle usado. O de entregarse a un paroxismo animal, cual Trashmen blindados, con el tema que da título. O de bajar a la chatarrería, con “Carajillo” y rematar el paseo en el ejercicio de casquería fina y flores ensangrentadas que es “The Butcher” (Leonard Cohen, sí), mirando a Hank Williams por el rabillo del ojo en inyectando melodía oscura. Eso, por no hablar de “Too Much Paranoia”, que sería una perfecta canción de psicodelia ácida, de esas que hacían en el sótano los Screaming Trees del principio, si no hubiesen decidirlo ejecutarla en seco con un disparo de minuto y medio.

Mención añadida para una preciosa portada, original, lejos del tópico, que redondea la jugada. Y a la gente de Clifford Records que lo ha sacado a la calle porque era necesario. Francamente, te diría que ya no se hacen discos así si no fuera porque éste es de ahora mismo. Pájaros y monos ardiendo, con el inconfundible aullido de la diversión ciega y la insatisfacción congénita. Sexo y muerte en el diner de El puerto de Santa María. Un diez.

(Esta reseña, con ligeras diferencias, fue publicada originalmente en la revista KARATE PRESS #4)

martes, octubre 11, 2016

SANTOS Y FRANCOTIRADORES (la cabalgata)


El otro día me senté y escribí un libro. Luego 66RPM tuvo el acierto de publicarlo. Se llama "Santos y francotiradores", lo pueden encontrar en esos sitios raros llamados librerías y estos son algunos de los responsables de que exista, en bonito desfile auditivo/visual... Disfruten...

Naja Naja

 

Rafael Berrio

 

Fernando Alfaro

  

Josele Santiago

 


Javier Colis

 

Mursego

 

Alberto Acinas

 

Cuchillo de Fuego

 

Marco Serrato

 


Orthodox
 


Dorian Vian




Pablo Cobollo

 


Sonia Barba

 

Blooming Látigo

 


Fabuloso Combo Espectro




viernes, septiembre 30, 2016

KARATE PRESS #4 - ZENEMIGO A LAS PUERTAS


Pese a los rumores de desintegración interna, lucha entre facciones e implosión feroz, lo cierto es que KARATE PRESS #4 verá la luz este mes de octubre llenito hasta los topes de la habitual chatarra orbital. El gabinete de crisis está cerrando algunas presentaciones con dos de nuestras bandas favoritas. Por el momento, confirmamos que los imponentes NAJA NAJA estarán con nosotros en el Liceo Mutante el 22 de octubre (y que sea lo que Cthulhu quiera). Han facturado uno de los mejores discos de lo que va de año en las galaxias conocidas y además son bien simpáticos. No se los pierdan.